La región que sembró México: Tehuacán–Cuicatlán y su legado en la alimentación
Este 3 de noviembre, en el Día Internacional de las Reservas de Biósfera, vale detenerse a pensar en una región que no solo conserva paisajes únicos, sino que literalmente ayudó a construir la mesa mexicana: la biósfera de Tehuacán–Cuicatlán, entre Puebla y Oaxaca.
Como reporta El Imparcial de Oaxaca, esta área es reconocida por su extraordinaria variedad de plantas y por ser uno de los centros donde se domesticaron cultivos fundamentales para México, entre ellos formas ancestrales del maíz y otras especies que alimentaron a generaciones. Ese proceso —la selección de semillas, la experimentación campesina, la transmisión de saberes— es parte de la memoria alimentaria que aún sostiene la milpa y la diversidad de la dieta nacional.
Tehuacán–Cuicatlán no es solo historia: es un ecosistema semiárido salpicado de cactáceas, agaves y matorrales que alberga una riqueza biológica y cultural que guarda semillas, técnicas agrícolas y conocimientos comunitarios. Instituciones como la UNESCO y la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas han reconocido su valor, y por eso su conservación trasciende lo local.
¿Qué significa eso para la gente? En términos concretos, la riqueza de variedades locales protege la seguridad alimentaria: semillas adaptadas a suelos pobres, a sequías y a plagas permiten cosechas estables cuando la agricultura industrial falla. Además, los saberes campesinos mantienen prácticas de manejo que conservan suelo y agua, y que son una alternativa viable frente a modelos productivos que degradan el territorio.
Pero hay retos. La región enfrenta presión por la expansión agrícola intensiva, la extracción de recursos y los efectos del cambio climático: menos lluvias, eventos extremos y pérdida de biodiversidad. Sin políticas públicas que combinen conservación con apoyo a las familias rurales —bancos de semillas comunitarios, incentivos para prácticas agroecológicas, programas de pago por servicios ambientales y vigilancia contra megaproyectos dañinos— ese patrimonio puede desaparecer.
La propuesta no es romantizar el pasado sino invertir en futuro: fortalecer la capacidad de las comunidades para producir de forma sostenible, garantizar acceso a mercados justos y proteger los territorios de decisiones que los vulneren. Es aquí donde la ciudadanía puede incidir: elegir alimentos locales, exigir transparencia en proyectos de uso del suelo y apoyar iniciativas de educación agraria que recuperen técnicas tradicionales.
En Tehuacán–Cuicatlán está la memoria de lo que comemos y la posibilidad de alimentar mejor a México mañana. El reto es convertir ese legado en políticas públicas coherentes, con participación comunitaria y recursos suficientes. Celebrar el Día Internacional de las Reservas de Biósfera no basta; hace falta actuar para que las semillas de hoy sigan dando de comer a las generaciones futuras.
Fuentes consultadas: El Imparcial de Oaxaca, UNESCO y la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas.
