Plagas al acecho: el desafío que pone en juego los cultivos básicos de México

En los surcos del país se libra una lucha cotidiana: insectos y enfermedades reducen cosechas, empujan a familias a más gastos y exigen respuestas públicas con ciencia y justicia social.

En los campos donde se siembra maíz, frijol, trigo y arroz, productores y productoras enfrentan amenazas que no siempre llegan a los titulares. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), plagas y enfermedades pueden provocar pérdidas que oscilan entre 20 y 40% de la producción agrícola si no se controlan a tiempo. En México, instituciones como el Servicio Nacional de Sanidad, Inocuidad y Calidad Agroalimentaria (SENASICA), el Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias (INIFAP) y el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT) llevan años documentando y respondiendo a este problema.

El gusano cogollero, Spodoptera frugiperda, sigue siendo un dolor de cabeza para el maíz; la roya del trigo amenaza rendimientos en zonas productoras y los planthoppers y el hongo de la pyricularia afectan el arroz. En el frijol, plagas como los gorgojos y virus transmitidos por insectos dañan la semilla y la producción. Los investigadores del CIMMYT y de INIFAP trabajan en variedades más resistentes y en métodos de manejo integrado de plagas, pero la adopción por parte de pequeños productores encuentra obstáculos: acceso a semilla mejorada, capacitación y servicios de extensión insuficientes.

Doña María, productora de maíz en Tlaxcala, cuenta que algunos años la inversión en insecticida le sale más cara que la cosecha. «Si no sabemos qué plaga es ni qué hacer, compramos lo que nos venden y el problema vuelve», dice. Esa realidad evidencia dos retos: la sobredependencia de agroquímicos y la falta de acompañamiento técnico público gratuito y cercano.

Las respuestas existen y pasan por combinar ciencia y comunidad. SENASICA y SADER promueven la vigilancia fitosanitaria con trampas de feromonas y redes de monitoreo; el empleo de controles biológicos como Trichogramma o formulaciones de Bacillus thuringiensis reduce el uso de insecticidas; y el manejo integrado de plagas —rotación de cultivos, policultivo, semillas resistentes— baja el riesgo a mediano plazo. La FAO y organismos nacionales insisten en que estas prácticas deben ir acompañadas de apoyo público para que las familias rurales no carguen solas con la inversión inicial.

El cambio climático complica el escenario: temporadas más largas y temperaturas extremas favorecen la reproducción de plagas y la aparición de nuevas enfermedades, advierten especialistas del INIFAP. Ante esto, las políticas públicas deben priorizar la investigación aplicada, fortalecer los servicios de extensión rural y garantizar acceso a semillas mejoradas y a tecnologías agroecológicas.

No es una batalla de resultados rápidos. Requiere inversión sostenida, participación comunitaria y transparencia en el uso de recursos públicos. Más vigilancia, ciencia accesible y políticas que protejan a pequeños productores son urgentes si queremos conservar la soberanía alimentaria y evitar que la lucha silenciosa por nuestros cultivos básicos termine en menos comida en la mesa.

Fuentes: FAO, SENASICA, INIFAP, CIMMYT.

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