Crisis silenciosa entre jóvenes oaxaqueños por aumento de ansiedad y depresión
Oaxaca vive una ola creciente de malestar entre su juventud: ansiedad y depresión que no siempre se ven, pero que marcan el día a día de estudiantes, trabajadores y quienes empiezan a formar una familia. Según reportes de El Imparcial de Oaxaca y datos de instituciones como INEGI y la Secretaría de Salud, los trastornos mentales entre personas jóvenes muestran un alza que especialistas asocian a la precariedad económica, la presión laboral y la carga de responsabilidades familiares.
“Es como cargar una mochila que nunca puedes descargar”, dice una joven de 22 años que estudia y trabaja para sostener a su familia. Historias como la suya se repiten: jornadas largas, empleo informal, miedo a no llegar a fin de mes y la obligación de asumir cuidados para adultos mayores o hermanas y hermanos menores. Esa combinación aumenta la vulnerabilidad emocional.
Especialistas consultados señalan varias causas que convergen. La falta de oportunidades laborales para jóvenes, la migración que descompone redes de apoyo, el impacto de redes sociales en la autoestima y el limitado acceso a servicios de salud mental en zonas rurales y marginales del estado. La Organización Mundial de la Salud recuerda que los trastornos mentales son una de las principales causas de incapacidad entre jóvenes a nivel mundial; en Oaxaca, esa realidad se siente con más fuerza por la escasez de recursos locales.
El sistema de salud pública en el estado enfrenta retos: pocos especialistas por habitante, centros de atención concentrados en zonas urbanas y programas insuficientes en escuelas y centros comunitarios. Aun cuando hay iniciativas desde el gobierno estatal y federales para ampliar la atención, la implementación tardía y la falta de presupuesto limitan su impacto, según profesionales y activistas locales.
¿Qué se puede hacer? Las propuestas pasan por tres frentes complementarios: fortalecer la atención primaria de la salud mental con más psicólogos y capacitación para personal de centros de salud; llevar programas de prevención y promoción emocional a escuelas y espacios comunitarios; y crear redes de apoyo en los barrios, con voluntariado, grupos de acompañamiento y espacios culturales que ofrezcan alternativas de encuentro y resiliencia.
Estas medidas requieren voluntad política y recursos, pero también participación ciudadana. Organizaciones civiles en Oaxaca ya impulsan talleres de autocuidado, capacitación para docentes y líneas de ayuda comunitarias. Ese trabajo demuestra que la respuesta no es sólo clínica; es social y colectiva.
La salud mental de los jóvenes no es un problema abstracto: afecta estudios, empleo, relaciones y el proyecto de vida de cientos de personas. Reconocer la magnitud del problema, aumentar la inversión pública y abrir espacios de diálogo en escuelas y comunidades son pasos concretos para frenar esta crisis silenciosa.
Reporte desde Oaxaca
Contenido y material gráfico conforme a lo difundido por El imparcialoaxaca .
