Manual oaxaqueño para normalizar el escándalo
En Oaxaca, la semana terminó como suelen terminar las malas series: con giros absurdos, personajes impunes y un guion que, aunque repetido, sigue sorprendiendo por su descaro. Aquí no pasan cosas graves; pasan “detallitos”. Detallitos como que el crimen organizado se asome a los hospitales, que la universidad se use como lavadora política o que un alcalde maneje borracho rumbo al barranco. Todo, por supuesto, bajo el manto de la normalidad institucional.
Empecemos por la joya de la corona: los Servicios de Salud de Oaxaca. Resulta que la seguridad hospitalaria —esa que debería proteger medicamentos, personal, pacientes y archivos sensibles— terminó en manos de una empresa con vínculos documentados con redes de huachicol y tráfico de armas. Pero tranquilos: no es infiltración, es “outsourcing creativo”.
Porque en Oaxaca no se contrata al crimen organizado; se le da mantenimiento preventivo. Se le paga puntual, se le infla la factura y se le permite operar con varias razones sociales, domicilios compartidos y uniformes que no coinciden con la empresa que cobra. Un modelo administrativo digno de tesis… criminológica.
Los números son una obra de arte. Octubre, noviembre y diciembre de 2025 suman más de 72 millones de pesos pagados por “seguridad”. ¿Guardias? Pocos. ¿Turnos completos? No. ¿Hospitales desprotegidos? Sí. Pero facturas impecables. Aquí la vigilancia es espiritual: no se ve, pero se cobra.
Y no estamos hablando de cualquier empresa improvisada. El entramado conecta con SEICSA, consentida de la FGR en otros tiempos, documentada por autoridades federales y por Mexicanos Contra la Corrupción como parte de una red que usaba empresas de seguridad para mover armas. Nada grave: solo hospitales oaxaqueños convertidos en puntos sensibles para intereses criminales. Total, ¿qué podría salir mal?
Ante esto, uno pensaría que habría renuncias. Error. En Oaxaca, la responsabilidad se administra como los contratos: se diluye. Octavio Torres, Efrén Jarquín y Mitzi Dayli García siguen ahí, y bueno, con la asesoría del especialista en negocios raros, Hugo Espinosa, como si autorizar pagos millonarios a empresas vinculadas al crimen fuera una travesura administrativa y no un escándalo de Estado.
Pero la cosa no termina en los hospitales. En la UABJO, la revocación de mandato —esa herramienta democrática— encontró un uso innovador: servir de escudo moral. Mientras denuncias de acoso sexual, nepotismo y encubrimiento siguen sin resolverse, se impulsa mediáticamente a Amisaday Santana Ramos como rostro ciudadano y ejemplo cívico. No es blanqueo político; es “reposicionamiento narrativo”.
Aquí la lógica es clara: si el escándalo no desaparece, se tapa con activismo. Si hay denuncias, se les cambia de tema. Si hay víctimas, se les pide paciencia mientras el grupo familiar señalado consolida cargos y protagonismo. La universidad como espacio de conocimiento… del arte de mirar a otro lado.
Y para cerrar la semana con broche de mezcal, Huatulco. Su presidente municipal decidió recordarnos que gobernar también puede ser deporte extremo. Presuntamente ebrio, manejando una camioneta blindada, ignorando a su escolta y acompañado de una joven cuya presencia nadie explica, el edil terminó en un barranco de 50 metros. Milagro no fue la imprudencia; fue que nadie murió.
Eso sí: en el video que circula en redes se le ve más preocupado por esconder el mezcal que por asumir responsabilidades. Prioridades claras. En un municipio donde ya se habla de desvíos, abusos y despojos, el accidente no fue un hecho aislado: fue una metáfora rodante.
Por otro lado, el involucramiento de una mujer en el accidente y lo que pareciera la intentona en fijar solamente la atención en la salud del todavía presidente de Huatulco. Incluso este sábado, trascendió el posible deceso de la persona, versión que afortunadamente se desmintió y en el perfil de #LaPlumadeOaxaca decidimos eliminar esa información. Desde este espacio deseamos la pronta recuperación de ella y demás pasajeros y que se haga justicia.
Es necesario que el presidente municipal se haga responsable, pague por los daños y se le separe del cargo.
Así va Oaxaca: hospitales vigilados por empresas fantasma ligadas al crimen, universidades usadas como trincheras familiares y alcaldes que confunden el cargo con pase libre para la imprudencia. No es que falten leyes; sobran excusas. No es que no haya pruebas; sobra cinismo.
Aquí el problema no es lo que pasó. El verdadero escándalo es que, una vez más, parece que no va a pasar nada.
Ahí nomás.
