Manual práctico para una democracia que ya conocemos
La política en Oaxaca no descansa ni los domingos, sobre todo cuando hay que montar el espectáculo democrático con precisión quirúrgica. Hoy el estado amanece celebrando la revocación de mandato, ese ejercicio que en el discurso empodera al pueblo y en la práctica tranquiliza al poder. Un acto moderno, participativo y profundamente familiar. Porque si algo sabe hacer Oaxaca es reciclar viejas costumbres con nombres nuevos. La consulta avanza entre llamados a la civilidad, sonrisas institucionales y una certeza compartida en voz baja: aquí no se viene a decidir, se viene a confirmar. No se trata de preguntar si el gobernador debe irse, sino de demostrar, con cifras, fotos y boletines, que el respaldo popular sigue “intacto”.
El ambiente recuerda inevitablemente a los tiempos gloriosos del viejo PRI, cuando la democracia era ordenada, sin sobresaltos y con resultados previsibles. Hoy no hay acarreo, solo “movilización consciente”; no hay presión, solo “acompañamiento social”; no hay línea, solo “orientación política”. Cambia el vocabulario, no la estructura. La gran incógnita no es el resultado, sino cuántas veces más se podrá vender la idea de participación mientras se administra cuidadosamente el desenlace.
¿A dónde andará perdida la oposición?
OGAIPO: transparencia, pero no exageremos
En este clima de confianza absoluta se inscribe la extinción del OGAIPO, ese órgano incómodo que insistía en hacer preguntas innecesarias como en qué se gasta el dinero público y por qué. Bajo el elegante argumento de la austeridad y la eficiencia, el organismo desaparece, confirmando que la transparencia es bienvenida siempre y cuando no incomode.
El nombre de Josué Solana Salmorán queda ligado a este episodio, no como un detalle técnico, sino como símbolo de una decisión política clara: menos ventanas, menos preguntas y menos explicaciones.
Y como toda buena historia de gobierno necesita un cierre elegante, surge la incógnita sobre el futuro de Solana Salmerón. Las malas lenguas, esas que suelen estar mejor informadas que muchos comunicados oficiales, aseguran que no aparece en ningún plan de continuidad dentro del gobierno de la llamada “Primavera oaxaqueña”.
Al parecer, la primavera florece rápido, pero también poda sin aviso. Hoy se ejecuta la instrucción, mañana se agradece el servicio y pasado mañana se borra el nombre del organigrama.
Porque en Oaxaca el problema nunca es desaparecer instituciones, sino personas.
Mauricio C.: lujo, exceso y una caída anunciada
Como si la semana necesitara un recordatorio de que la realidad no se maquilla con discursos, apareció el nombre de Mauricio C., identificado como huajuapeño, ligado a un operativo federal contra una célula del CJNG. Su detención en un fraccionamiento de Zapopan, junto a un jefe regional del grupo criminal, armas, drogas y vehículos, dejó claro que no se trataba de una confusión menor ni de una mala compañía circunstancial.
La Mixteca volvió a ser mencionada, no por su dignidad histórica ni por su resistencia, sino por su conexión indirecta con redes del crimen organizado.
Lo que vuelve el caso todavía más incómodo es la imagen que el propio Mauricio C. había construido. Presumía una vida de excesos, lujos ostentosos y un estilo pretendidamente fashionista que muchas veces rozaba lo vulgar y buchón.
Marcas, poses, relojes, aviones, autos y una narrativa aspiracional diseñada para exhibir éxito sin origen claro. Esa estética del derroche, celebrada en la superficialidad digital, hoy se revela como una advertencia ignorada. El dinero fácil se mostraba sin pudor mientras nadie parecía preguntar de dónde venía. En Oaxaca, el problema no es solo cuando alguien cae, sino todo lo que durante años pudo exhibirse sin consecuencia alguna.
El impacto político es incómodo y por eso mismo se intenta minimizar. Porque aceptar que Oaxaca ya no es solo territorio de paso implica reconocer fallas profundas en seguridad, control territorial y prevención.
Cuando el poder conduce sin freno
Y entonces apareció la tragedia que rompió el guion. La muerte de Dulce Enríquez dejó de ser un asunto de nota roja para convertirse en un símbolo incómodo del abuso, la impunidad y la frivolidad del poder local. La joven perdió la vida tras un accidente automovilístico en el que viajaba junto al presidente municipal de Santa María Huatulco, quien conducía el vehículo. Las versiones que circularon desde el inicio apuntaron a que el edil manejaba en estado de ebriedad, un dato que no fue aclarado con prontitud y que solo alimentó la indignación pública.
El silencio inicial, los comunicados incompletos y la omisión de responsabilidades contrastaron brutalmente con la gravedad del hecho: una vida joven perdida y un funcionario que, una vez más, parecía recibir un trato distinto. En Oaxaca, donde algunos confunden el cargo con el privilegio, el caso de Dulce Enríquez exhibe una verdad incómoda: hay autoridades que gobiernan como conducen, sin freno, sin cuidado y con la confianza de que alguien más pagará el precio.
Revocación de mandato: democracia con cemento incluido
Y así llegamos al plato fuerte. La revocación de mandato no llegó sola, llegó acompañada. Acompañada de cemento, despensas, apoyos extraordinarios y una súbita vocación gubernamental por atender carencias históricas justo en la antesala del ejercicio.
Calles que nunca habían visto un costal ahora recibieron varios; familias olvidadas durante años fueron recordadas de pronto; la sensibilidad social floreció estratégicamente. Todo, por supuesto, sin condicionar nada, solo “informando” con mucho entusiasmo cuándo y cómo participar.
Las calles se transformaron en una galería de propaganda imposible de ignorar. Lonas, bardas, carteles y brigadas recordando que la participación es voluntaria, aunque altamente recomendable. Tan ciudadana que parece organizada desde arriba. Tan libre que se siente obligatoria.
La sobriedad democrática quedó en el discurso; en la práctica hubo músculo, recursos y una maquinaria aceitada que habría despertado nostalgia en más de un operador del pasado.
Así, la revocación de mandato corre el riesgo de pasar a la historia como lo que muchos ya sospechan: no un mecanismo de control ciudadano, sino un ejercicio de ratificación cuidadosamente operado y generosamente financiado.
Se habla de empoderar al pueblo mientras se le guía de la mano; se presume transformación mientras se desempolvan viejos manuales; se invoca el futuro con prácticas del pasado. Oaxaca vota hoy, sí, pero también observa, recuerda y toma nota. Y aunque algunos apuesten a que la memoria es corta, la historia tiene la mala costumbre de no olvidar.
Ahí nomás.
