En Oaxaca la semana cerró dejando claro que los viejos vicios no se extinguieron con el cambio de gobierno; simplemente aprendieron a adaptarse mejor al nuevo discurso. El tema de los factureros volvió a colocarse en el centro de la conversación política y ya no como simple chisme de sobremesa, sino como una realidad documentada por investigaciones periodísticas que desde hace años han venido señalando la operación de redes de empresas fachada que facturan servicios inexistentes a dependencias estatales y municipales.
Factureros en la mira
En ese entramado aparecen nombres como Pedro M., Miguel Ángel R, Daniel O. y otros operadores ligados a razones sociales que, de acuerdo con distintos trabajos periodísticos, han obtenido contratos públicos por montos significativos sin que hasta ahora exista una explicación convincente sobre la utilidad real de esos servicios. Conviene decirlo con precisión para evitar malentendidos: no se habla de sentencias firmes ni de condenas judiciales públicas, pero sí de señalamientos reiterados, sustentados en contratos, movimientos fiscales y vínculos políticos que no pueden explicarse solo por eficiencia administrativa.
Porque en Oaxaca nadie vende facturas al gobierno si el gobierno, ya sea estatal o municipal, no está dispuesto a comprarlas. Esa es la parte incómoda del discurso anticorrupción. Las redes de facturación falsa no sobreviven únicamente por la habilidad de quienes las operan, sino por la comodidad de quienes las toleran. A veces no hace falta una orden directa: basta con no auditar, no revisar, no denunciar y seguir pagando. Esa omisión sistemática termina siendo la forma más efectiva de protección.
El problema de fondo no es solo quién factura, sino quién autoriza, quién firma y quién justifica esos pagos con recursos públicos. Mientras los mismos nombres aparecen sexenio tras sexenio, la narrativa oficial insiste en que se combate la corrupción. Pero el contraste entre discurso y realidad es lo que termina erosionando la confianza ciudadana.
Partidos a supervisar revocación
En paralelo, y conforme se acerca el proceso de revocación de mandato, comenzaron a circular señalamientos más delicados: la presunta intervención de servidores públicos en la promoción, presión y coacción de ciudadanos para inducir su participación y sentido del voto. No se habla de propaganda abierta, sino de prácticas más sutiles y, por ello, más graves. Funcionarios que visitan comunidades “para informar”, operadores que condicionan apoyos o recuerdan beneficios, y estructuras oficiales que parecen activarse no para garantizar derechos, sino para orientar decisiones.
Estas conductas, de confirmarse, no solo cruzan una línea ética, sino legal. El uso del cargo, del presupuesto o de los programas sociales para incidir en la voluntad ciudadana desnaturaliza por completo el ejercicio democrático. No es participación, es presión. No es respaldo, es coacción. Y eso no fortalece a ningún gobierno; lo debilita y lo exhibe.
En este contexto es fundamental subrayar que la autoridad electoral cuenta con reglas claras y un marco legal sólido. Prueba de ello es la resolución emitida el 16 de enero de 2026 por la Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, que determinó que los partidos políticos pueden participar como vigilantes del proceso de revocación de mandato del Gobernador de Oaxaca. La Sala Superior validó su derecho a designar representantes ante las mesas directivas de casilla y revocó una determinación local que había limitado esa participación, ordenando al IEEPCO garantizarla. Este criterio abre la puerta a una vigilancia más amplia y formal frente a cualquier exceso.
La democracia no se cuida sola. No descansa únicamente en los árbitros, sino también en los contrapesos. Si existen servidores públicos que utilizan su posición para presionar ciudadanos, corresponde a los partidos de oposición documentar, observar y denunciar. No es confrontación institucional; es responsabilidad política.
El silencio, en cambio, solo normaliza las malas prácticas.
El presidente borrachales
A esta cadena de hechos se sumó el accidente automovilístico del presidente municipal de Santa María Huatulco, Julio César Cárdenas Ortega. Afortunadamente, el edil salió con vida, pero el episodio trascendió lo meramente vial para convertirse en un asunto político e institucional. No por el percance en sí, sino por el manejo posterior de la información. En un estado donde la ciudadanía exige cada vez más claridad, los comunicados breves y las explicaciones parciales no ayudan.
Aquí el punto no es especular ni condenar sin pruebas, pero sí señalar una responsabilidad clara del gobierno estatal: garantizar que no exista encubrimiento. Si hubo peritajes, exámenes médicos o dictámenes oficiales sobre las condiciones en las que ocurrió el accidente, deben transparentarse. No hacerlo alimenta rumores y refuerza la percepción de que hay funcionarios con trato preferencial. En Oaxaca, la ley no debería tener excepciones.
Así cerró la semana en Oaxaca: con factureros señalados que siguen operando bajo el cobijo de contratos oficiales, con gobiernos estatales y municipales que explican poco pero pagan mucho, con servidores públicos señalados por presionar ciudadanos en un proceso que debería ser libre y con un alcalde accidentado cuyo caso exige claridad institucional. Porque cuando el poder se siente cómodo, suele excederse. Y cuando eso ocurre, la factura no desaparece; solo cambia de nombre. Al final, como casi siempre, quien termina pagando es la confianza ciudadana.
Ahí nomás.
