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Gases que amenazan cosechas, salud y patrimonio natural de México
Qué acordó la Ruta de Ereván y por qué los gases de efecto invernadero y los contaminantes son un problema urgente para la vida cotidiana
Tras la 17 Cumbre sobre Biodiversidad en Ereván, donde se aprobó la Ruta de Ereván para acelerar el Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal, quedó claro que la batalla por la naturaleza también es la batalla contra gases que ya están marcando el futuro de México. La Ruta pide planes nacionales, más recursos y participación de todos los sectores, pero esos compromisos solo funcionarán si se enfrentan los gases que calientan el planeta y dañan ecosistemas.
Hablamos de dióxido de carbono, metano, óxidos de nitrógeno y los llamados gases fluorados (como los HFC), todos señalados por el IPCC y la ONU como responsables de un calentamiento que reduce cosechas, altera lluvias y multiplica olas de calor. El metano, por ejemplo, calienta más rápidamente y proviene de la ganadería, rellenos sanitarios y fugas en la industria petrolera. Los HFC, usados en refrigeración, son miles de veces más potentes que el CO2 en su efecto a corto plazo y están regulados en el marco del Protocolo de Montreal y su enmienda de Kigali.
En México, la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) y expertos del Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático han señalado que los principales sectores emisores son energía, transporte, agricultura, manejo del suelo y residuos. Eso se traduce en problemas concretos: menor rendimiento del maíz y frijol para familias rurales, estrés hídrico en ciudades, daños en pesquerías del Golfo y el Pacífico, y más enfermedades respiratorias en zonas urbanas por la combinación de contaminación y olas de calor.
La Ruta de Ereván, según la Convención sobre la Diversidad Biológica, obliga a vincular acciones para proteger la naturaleza con medidas climáticas. Eso significa que México tiene que integrar políticas: controlar fugas y pérdidas en la cadena de gas y petróleo, reducir metano en el agro mediante mejores prácticas ganaderas y de manejo de estiércol, acelerar la transición a refrigerantes alternativos y energía limpia, y mejorar la gestión de residuos para evitar emisiones de vertederos.
No se trata solo de tecnocracia: es la vida diaria. Menos lluvia en la temporada de siembra puede encarecer tortillas y verduras, más calor eleva los costos médicos y empuja a familias a migrar. Por eso la propuesta de Ereván no es un trámite diplomático, sino una hoja de ruta que exige, cuando menos, planes claros, fondos y vigilancia ciudadana.
¿Qué pueden pedir las comunidades y la sociedad civil? Primero, transparencia en los inventarios de emisiones y en los planes nacionales, como exige la Ruta de Ereván. Segundo, incentivos reales para que los agricultores y pequeñas empresas adopten prácticas bajas en emisiones. Tercero, políticas públicas que prioricen la salud y la justicia ambiental, porque las comunidades más vulnerables son las que sufren primero.
La buena noticia es que hay soluciones probadas: captura de metano en rellenos y plantas de biogás, detección y reparación de fugas en la industria, sustitución de HFCs y programas de restauración de ecosistemas que almacenan carbono. Pero nadie va a aplicarlas por nosotros. Semarnat, el gobierno federal, gobiernos locales y el sector privado deben cumplir con las metas; la sociedad debe exigirlas, vigilar avances y participar.
La Ruta de Ereván puso una luz sobre el problema. Ahora toca convertir compromisos internacionales en acciones concretas en ranchos, calles y centros de trabajo. Si fallamos, los gases seguirán escribiendo el futuro por nosotros. Si actuamos, podemos proteger cosechas, salud y el patrimonio natural que heredamos.
Fuentes consultadas: Ruta de Ereván y Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal; informes del IPCC; Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat); Convención sobre la Diversidad Biológica.
Contenido y material gráfico conforme a lo difundido por La Jornada
