La ciudad que pone a prueba a su gente

La hipótesis es incómoda y, por eso mismo, necesaria: las ciudades no se vuelven inseguras de un día para otro, se vuelven indiferentes. Antes del miedo aparece el abandono; antes del delito, la costumbre.

En calles donde las luminarias tardan semanas en repararse y donde los centros culturales cierran a media semana porque nadie los cuida, la rutina de la negligencia va haciendo su trabajo. Así lo reflejan datos recientes del INEGI y del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, que muestran no solo variaciones en los delitos registrados sino también un aumento sostenido en la percepción de abandono urbano y en la desconfianza hacia las instituciones municipales.

Para María, vendedora ambulante de 42 años en la colonia Centro, la transformación fue casi imperceptible. “Primero dejaron de barrer la banqueta, luego quitaron la luz y después ya no había quién nos atendiera en la delegación”, cuenta. Su testimonio coincide con observaciones de vecinos y organizaciones como Causa en Común y Semáforo Delictivo: el caldo de cultivo para la inseguridad no es solo la impunidad, sino la pérdida de cuidado cotidiano.

Los especialistas consultados por este diario coinciden en que hablar de “prueba” en la ciudad no es hablar de individuos aislados sino de políticas públicas. Recortes en mantenimiento urbano, falta de programas de prevención social y un enfoque policiaco reactivo dejaron espacios comunes vulnerables. El resultado es una especie de erosión lenta: parques que se vuelven tramos de paso peligroso, escuelas con infraestructura insuficiente, mercados sin servicios básicos.

Reconocer el problema no basta. Los ejemplos prácticos están a la vista: intervenciones sencillas y de bajo costo —reparar luminarias, reabrir bibliotecas, recuperar espacios públicos con talleres comunitarios— suelen tener impactos rápidos en la percepción y en la convivencia, según informes del INEGI sobre bienestar urbano y estudios de prevención social citados por el Secretariado Ejecutivo.

El desafío es político y ciudadano. El ayuntamiento local admite la presión sobre los recursos; en palabras de una fuente del gobierno municipal, “hay voluntad, pero faltan sinergias entre seguridad, servicios urbanos y desarrollo social”. Esa frase apunta al corazón de la solución: coordinación y priorización. No se trata sólo de más policías, sino de más escuelas abiertas, más empleo juvenil, más oportunidades culturales que ocupen el tiempo y el espacio de manera positiva.

La ciudad prueba a los suyos cuando permite que la indiferencia marque la rutina. Probarlos también puede significar medir la capacidad de respuesta: vecinos que se organizan, autoridades que invierten en prevención y organizaciones civiles que evalúan resultados. Si algo dejan claro INEGI, Semáforo Delictivo y Causa en Común es que la seguridad se construye con decisiones cotidianas, con presupuesto y con participación.

La invitación es simple y urgente: reclamar el espacio público, exigir transparencia en el gasto municipal y participar en las iniciativas de prevención. La ciudad puede seguir poniendo a prueba a su gente o convertirse en el lugar donde la gente se prueba a sí misma para rehacerla.

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