Supercarretera al Istmo: promesas incumplidas, túnel colapsado y ciudadanos pagando el precio

Cinco meses después del colapso del túnel “El Tornillo2”, autoridades y concesionaria ignoran la vía; usuarios sufren abandono y riesgos.

La promesa de una vía rápida y segura que conectara el corazón del Istmo de Tehuantepec con el resto del país se ha convertido, para muchos, en una pesadilla de tierra, polvo y peligro. La supercarretera, concebida como un motor de progreso y desarrollo para la región, hoy muestra el rostro del abandono y la irresponsabilidad. El colapso del túnel “El Tornillo2”, ocurrido hace ya cinco meses, no solo interrumpió la fluidez del tránsito, sino que expuso una red de negligencia que deja a los ciudadanos pagando un alto precio en tiempo, dinero y, lo que es más preocupante, en seguridad.

Un colapso que revela un abandono prolongado

El incidente en el túnel “El Tornillo2” no fue un hecho aislado, sino la gota que colmó el vaso de una infraestructura que, según los propios usuarios, presentaba deficiencias evidentes desde su inauguración. La falta de mantenimiento adecuado, la saturación de vehículos pesados y la aparente ausencia de supervisión constante parecen haber sido los ingredientes perfectos para la tragedia que hoy mantiene incomunicada una sección vital de la ruta.

Según testimonios recogidos por El Imparcial de Oaxaca, el estado del túnel ya generaba preocupación entre los transportistas y automovilistas. «Se oían ruidos extraños, grietas que se iban haciendo más grandes. Pero nadie hacía nada», comenta don Raúl, un transportista que ha recorrido esta ruta por más de veinte años. «Ahora, para pasar, tenemos que tomar rutas alternas que son mucho más largas y peligrosas, nos hacen perder horas y gastar más gasolina. Y si llueve, ni se diga, eso se vuelve un lodazal».

Autoridades y concesionaria: silencio y desidia

Lo más alarmante de esta situación es el silencio que ha rodeado el incidente y las medidas tomadas (o más bien, la falta de ellas) por parte de las autoridades competentes y la empresa concesionaria de la supercarretera. Cinco meses después del colapso, no hay información clara sobre las causas exactas del derrumbe, ni sobre un cronograma concreto para la reparación o habilitación de una vía segura. La comunicación brilla por su ausencia, dejando a los usuarios en la incertidumbre y la frustración.

Hemos intentado contactar en repetidas ocasiones a representantes de la empresa concesionaria y a funcionarios de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT) para obtener una postura oficial, sin obtener respuesta hasta el cierre de esta edición. Esta falta de transparencia alimenta la desconfianza y la sensación de abandono por parte de quienes deberían garantizar el buen funcionamiento de esta importante arteria vial.

El precio que pagan los ciudadanos

Mientras las autoridades parecen mirar hacia otro lado, son los ciudadanos quienes cargan con las consecuencias. Los transportistas ven mermadas sus ganancias por los retrasos y el aumento de costos operativos. Los comerciantes resienten el encarecimiento del transporte de mercancías, lo que inevitablemente se reflejará en los precios de los productos para el consumidor final. Las familias que dependen de esta vía para trasladarse sufren la inseguridad de rutas alternas, a menudo en peores condiciones y con mayor riesgo de accidentes.

“Esto afecta a todos”, lamenta María Elena, una comerciante de abarrotes que utiliza la supercarretera para surtir su negocio en Matías Romero. “Antes llegábamos rápido, ahora tardamos el doble, si es que podemos pasar por los caminos viejos. Los productos llegan más caros, y eso lo pagamos nosotros, los que menos tenemos”.

Una vía estratégica, un abandono inaceptable

La supercarretera al Istmo no es solo una carretera más; es una columna vertebral para el desarrollo económico y social de una región de vital importancia para el país. La promesa de modernidad y progreso que representó su construcción se desmorona ante la realidad de un colapso y un abandono que parecen haber pasado desapercibidos para quienes tienen la responsabilidad de mantenerla. Es hora de que las autoridades y la concesionaria asuman su compromiso y ofrezcan soluciones reales y transparentes a los ciudadanos que transitan y dependen de esta vía. El Istmo merece más que promesas incumplidas y un futuro incierto.