Cuando la rotativa calló

Y la tinta se volvió silencio. Las esquinas amanecieron desnudas; donde antes crujía el papel recién impreso y el pregón marcaba la hora, hoy hay pantallas que brillan sin olor ni memoria. La rotativa se apagó sin estruendo, como se apagan las cosas que parecían eternas. Y con ella se fue el trabajo de quienes imprimían la noticia, el empuje de los voceadores y una parte de la memoria colectiva.

Detrás de ese silencio hay causas conocidas: la migración de anunciantes a plataformas digitales, la caída sostenida en la venta de ejemplares y los recortes en las plantillas. Datos del INEGI muestran una tendencia a la baja en la circulación impresa en la última década, mientras organismos como la UNESCO y Reporteros Sin Fronteras alertan sobre los riesgos para la pluralidad informativa cuando desaparecen medios locales.

Además, organizaciones mexicanas como Artículo 19 han documentado que, junto a la crisis económica, persisten amenazas y presiones que empujan a la autocensura y a cierres prematuros. El resultado no es solo económico: es social. Cuando un periódico local cierra, se pierden investigaciones sobre corrupción municipal, avisos de servicios comunitarios y un espacio para que la comunidad se vea y se reconozca.

Hablé con voceadores, eximprensores y periodistas que vivieron el apagón de una rotativa. Uno de ellos recuerda: “No fue una noche dramática; fue un día gris. Apagaron la máquina y nadie supo qué decirle a las familias”. Sus testimonios coinciden en que el impacto atraviesa generaciones: los mayores pierden un ritual matutino y los jóvenes, una fuente de prácticas periodísticas locales.

Frente a ese panorama, hay caminos posibles. La experiencia nacional e internacional apunta a varias medidas: impulsar fondos públicos que sostengan redacciones locales con criterios transparentes y con salvaguardas de independencia, apoyar la creación de cooperativas de periodistas y trabajadoras de prensa, y promover programas de alfabetización mediática en escuelas para que las audiencias sepan distinguir información de ruido. Organizaciones como la UNESCO y Artículo 19 han propuesto marcos y buenas prácticas que podrían adaptarse a nuestro contexto.

También es urgente repensar las políticas fiscales y de publicidad institucional. Que los recursos públicos no dependan del favor gubernamental sino de criterios de pluralidad y servicio público evitaría que los medios queden sometidos por su supervivencia económica. Al mismo tiempo, la inversión en infraestructura digital y en capacitación puede ayudar a que muchos medios hagan una transición sin sacrificar su función social.

El cierre de una rotativa no es un hecho técnico: es la pérdida de un espacio público. Recuperarlo exige a la vez voluntad política y empuje ciudadano. Los datos del INEGI, los informes de Reporteros Sin Fronteras, UNESCO y las denuncias de Artículo 19 obligan a mirar a fondo el problema. Desde aquí proponemos que esa mirada sea crítica, pero orientada a soluciones que pongan en el centro a las comunidades, la memoria y el derecho a saber.

Si queremos que las esquinas vuelvan a tener voz, la tarea no es solo tecnológica. Es social y política: apoyar medios locales, proteger a las y los trabajadores de la prensa y construir mecanismos públicos que garanticen información plural y de calidad. Porque sin prensa viva, la democracia se empobrece y la memoria colectiva se diluye.

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