Canícula: cuánto tiempo nos quemará el verano y por qué es difícil anticiparla

Qué nos espera y cómo prepararnos

El monitoreo constante de la canícula resulta vital para el país, ya que permite realizar una mejor planificación preventiva en sectores clave como la agricultura, el abasto de agua y la salud pública. Según el Servicio Meteorológico Nacional y la Comisión Nacional del Agua (CONAGUA), la canícula no es un evento fijo: puede durar desde unas pocas semanas hasta más de un mes, según la región y las condiciones climáticas del año.

Tradicionalmente la canícula se describe como un periodo de reducción de lluvias entre julio y agosto, con una duración aproximada de 30 a 40 días en muchas partes de México. Pero esa cifra es solo una guía. En la práctica, algunos años presentan una “canícula corta” de 10 a 20 días; en otros, la pausa de lluvia se extiende o aparecen rachas variables que rompen el patrón.

¿Por qué es tan difícil predecirla con precisión? La respuesta está en la mezcla de factores globales y locales. Fenómenos como El Niño-Oscilación del Sur, la temperatura de la superficie del Atlántico y el Pacífico, y oscilaciones atmosféricas como la Madden-Julian afectan la circulación de vientos y la humedad. A eso se suman efectos locales: la topografía, el uso del suelo y la disponibilidad de sensores meteorológicos. Los modelos climáticos tienen buena capacidad a meses vista, pero la predicción subseasonal —es decir, anticipar con exactitud cuándo empezará y terminará la canícula— sigue siendo limitada.

Esta incertidumbre tiene costos concretos. Productores agrícolas necesitan decidir fechas de siembra y riego; los sistemas de abastecimiento deben calcular reservas y autoridades de salud pública planear campañas contra golpes de calor. Por eso las instituciones como CONAGUA y el Servicio Meteorológico Nacional refuerzan el monitoreo y lanzan boletines periódicos, mientras el Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias (INIFAP) y universidades trabajan en recomendaciones para agricultores.

¿Qué pueden hacer comunidades y autoridades? Primero, seguir los avisos oficiales y adaptar calendarios de siembra; segundo, priorizar prácticas sencillas como el riego por la mañana o la noche, cobertura del suelo (mantillo) y siembra escalonada para disminuir riesgos; tercero, invertir en sistemas de captación y almacenamiento de agua. Las políticas públicas deben traducirse en apoyos concretos: seguros agrícolas accesibles, promoción de tecnologías de riego eficiente y más estaciones meteorológicas en zonas rurales.

La canícula no es un capricho del clima aislado: es una señal de la variabilidad que ahora se combina con un clima que se calienta. Mejorar la predicción y la respuesta requiere ciencia, recursos y participación comunitaria. Si las autoridades fortalecen el monitoreo y la ciudadanía adopta medidas simples, se reduce el impacto sobre cosechas, reservas de agua y la salud de las personas.

Fuente: Servicio Meteorológico Nacional y CONAGUA

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