Memoria en carne viva: marcos roitman revisita el legado del 11 de septiembre en Chile
Mientras algunos celebraron con champán, otras calles guardaron luto. A 53 años del golpe, la memoria se disputa entre el olvido y la verdad.
Por un joven periodista mexicano — Santiago, 11 de septiembre de 2026.
Marcos Roitman, sociólogo y activista por los derechos humanos, lleva décadas señalando que el golpe de Estado de 1973 en Chile no es solo una fecha: es una herida que condiciona instituciones, familias y políticas públicas. En sus intervenciones públicas y escritos, Roitman insiste en que la posverdad y la resignificación de los hechos han intentado borrar responsabilidades y minimizar el sufrimiento de miles.
Los testimonios recogidos por el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos y las comisiones nacionales que investigaron el período —la Comisión Rettig y la Comisión Valech— confirman que el trauma fue masivo: detenciones arbitrarias, torturas, desapariciones y exilios cambiaron la vida cotidiana de pueblos y ciudades. Esos registros, más que cifras, son historias de hogares desbaratados, fábricas intervenidas y universidades allanadas.
Roitman advierte que cuando la narrativa oficial o mediática reduce la violencia a un supuesto enfrentamiento abstracto entre “libertad” y “comunismo”, se empobrece la comprensión del pasado y se dificulta la reparación. Esa simplificación tiene consecuencias concretas: impide políticas de verdad y justicia, amenaza la educación cívica y silenciosa el reclamo de familias de detenidos desaparecidos.
La memoria, explica Roitman, no es nostalgia: es un instrumento para construir instituciones más democráticas. Por eso reivindica museos, archivos y programas de educación en derechos humanos como herramientas que permiten traducir el recuerdo en políticas públicas. Según el Museo de la Memoria, las jornadas escolares y las exposiciones han permitido que nuevas generaciones conozcan la dimensión del golpe más allá de los rumores y los mitos.
Reconocer el pasado, añade Roitman, incluye aceptar avances y pendientes. En las últimas décadas hubo avances en verdad y reparación; al mismo tiempo persisten impunidad y discursos que relativizan las violaciones a los derechos humanos. Para él, la tarea no es solo de historiadores: corresponde a mujeres y hombres de a pie, a sindicatos, a universidades y a los poderes públicos garantizar que la memoria sea activa.
Hoy, 11 de septiembre, las celebraciones de la élite que mencionaban champán quedan en el registro histórico, pero las calles siguen habitadas por los fantasmas de desaparecidos y detenidos. Convertir ese luto en políticas solidarias —mejor acceso a la justicia, educación con perspectiva de derechos humanos y apoyo a familiares— es, según Roitman y las organizaciones documentadas por el Museo de la Memoria, la vía para que la herida deje de sangrar.
En Chile, como en otros lugares, la memoria es un acto colectivo. Mantenerla viva exige información verificada, instituciones que no rehúyan la verdad y una ciudadanía activa que exija reparación. Esa es la apuesta de Marcos Roitman y la tarea que, a 53 años, sigue pendiente.
Contenido y material gráfico conforme a lo difundido por La Jornada
