Una generación sin alza: la esperanza de vida en méxico permanece estancada

La cifra que mide cuánto esperamos vivir lleva años sin moverse. Según datos recientes del INEGI y reportes de la Secretaría de Salud, la esperanza de vida al nacer se mantiene en torno a los mismos niveles de la última década, sin mostrar el aumento que cabría esperar con mejoras en la atención y la prevención.

Esto no es un número abstracto: significa que hijos e hijas podrían no alcanzar una vida más larga que la de sus padres. Las causas son conocidas y, en buena medida, evitables. Enfermedades crónicas como la diabetes y las cardiopatías siguen siendo las principales responsables de mortalidad prematura. A eso se suman las muertes por violencia entre hombres jóvenes y fallas en el acceso a medicamentos y atención oportuna en zonas rurales, factores que documenta también el CONEval al vincular pobreza con peores resultados de salud.

En la clínica comunitaria de una población de la Mixteca, doña María recuerda la fila para conseguir insulina: “A veces me dicen que regrese, que no hay; cuando no tengo, me siento mal”, nos dijo en una visita. Historias como la suya muestran el impacto cotidiano: la prevención falla, los servicios no alcanzan, y la esperanza de vida se paga con vidas que se podrían salvar.

La pandemia de COVID-19 recortó años de avance en salud en todo el mundo; en México la recuperación ha sido parcial. Informes de la OCDE y de la OMS señalan que la fragmentación del sistema, la falta de inversión sostenida en atención primaria y las brechas regionales son obstáculos para recuperar y superar niveles previos.

No todo es negativo: sí hay propuestas y algunas acciones que funcionan. Programas municipales de detección temprana, campañas comunitarias contra la obesidad y proyectos de salud preventiva han mostrado mejorías locales. Pero para que la esperanza de vida suba de forma sostenida se necesitan políticas integrales: fortalecer la atención primaria, garantizar el abasto de medicamentos esenciales, regular precios, promover educación en salud y reducir desigualdades territoriales.

La pregunta pública es clara: ¿queremos esperar a que una enfermedad o una crisis nos recuerde la urgencia, o actuamos para que más personas vivan más y mejor? Organismos como la Secretaría de Salud y actores sociales tienen datos y herramientas; falta coordinación y voluntad permanente.

Como periodista, veo en estas cifras una invitación a la participación ciudadana. Exigir servicios de salud de calidad, apoyar iniciativas comunitarias y vigilar el gasto público son pasos concretos. La esperanza de vida no es sólo una estadística: es la medida de la salud colectiva. Recuperarla será un ejercicio de política pública y de solidaridad.

Fuentes consultadas: INEGI, Secretaría de Salud, CONEVAL y OCDE.

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