Oaxaca exige respuestas por el biofungicida de arn que inquieta a campesinos
Por El Imparcial de Oaxaca
En las comunidades de la Mixteca y el Istmo, la noticia corrió como pólvora: se probaría un producto a base de ARN para combatir hongos. Lo que para algunas empresas y laboratorios es una herramienta innovadora, para agricultores y organizaciones campesinas representa una amenaza al maíz, a la milpa y a la vida de la tierra.
Organizaciones locales y campesinas consultadas por El Imparcial de Oaxaca expresan su rechazo y piden freno a las aplicaciones hasta contar con estudios independientes. Señalan riesgos sobre la fertilidad del suelo, la biodiversidad de insectos y microorganismos, y la soberanía de semillas que sostienen culturas alimentarias milenarias.
La preocupación no es solo cultural. Quienes siembran explican que la milpa funciona como un sistema vivo, un tejido donde intervienen hongos, bacterias, insectos y plantas en equilibrio. Comparan la introducción de una nueva tecnología con arrojar una piedra en un estanque: las ondas pueden llegar lejos y a veces de forma impredecible.
Desde el campo científico hay voces que recuerdan que la tecnología de interferencia por ARN puede ser específica para ciertos patógenos, pero también admiten que faltan estudios a largo plazo sobre persistencia en suelos, efectos sobre organismos no objetivo y la interacción con prácticas tradicionales de cultivo.
Campesinos y organizaciones piden tres medidas claras: información pública y accesible sobre los ensayos, consultas comunitarias previas y la realización de análisis independientes sobre impacto ambiental y social. Reclaman, además, que cualquier decisión respete la ley agraria y los derechos de los pueblos indígenas.
Autoridades federales y estatales están llamadas a transparentar procesos regulatorios y a explicar si existen permisos, protocolos de ensayo y mecanismos de monitoreo. La tensión en Oaxaca combina desconfianza histórica hacia prácticas impuestas desde fuera y la urgencia de proteger un sistema alimentario que no solo da alimento, también identidad.
La discusión que se abre no es un rechazo a la ciencia, dicen algunos líderes locales, sino una exigencia de que la ciencia sea responsable, verificada y compatible con la vida comunitaria. En suma, piden que la tecnología no llegue primero al campo sin antes pasar por la comunidad.
La voz de las comunidades está en alerta y exige garantías; la pregunta sigue en el aire: ¿puede una innovación tecnológica coexistir con la sabiduría de la milpa, o pondrá en riesgo lo que por generaciones ha alimentado a Oaxaca?
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