Oaxaca nueve años después del 7S: lecciones, heridas y tareas pendientes
Este 7 de septiembre se cumplen nueve años del sismo que marcó a Oaxaca y al sur del país. El temblor de magnitud 8.2, ocurrido en 2017, dejó huellas materiales y sociales que todavía hoy se leen en fachadas agrietadas, en casas reconstruidas a medias y en la memoria colectiva. En El Imparcial de Oaxaca hemos seguido ese rastro: no es solo un recuerdo, es un recordatorio de que la amenaza sigue activa.
La actividad sísmica de 2026 lo confirma: al menos 5 mil 877 sismos registrados este año, cinco de ellos de 5.0 o más, muestran que vivimos en una zona donde la tierra se mueve con frecuencia. Esa cifra, reportada por autoridades y retomada por medios locales, obliga a mirar qué cambió en estos nueve años y qué falta por hacer.
En lo que sí hubo avances está el fortalecimiento del sistema de alertamiento sísmico y mayor capacitación comunitaria en muchos municipios. La alerta temprana y los simulacros han salvado vidas, y cada vez hay más brigadas vecinales que saben cómo responder. También se impulsaron normas más estrictas en construcciones, aunque la aplicación es desigual: en zonas urbanas hay edificios que cumplen; en comunidades rurales, muchas viviendas siguen siendo vulnerables por falta de recursos.
La reconstrucción fue una lección ambigua. Fondos federales y estatales se destinaron a reparar escuelas, hospitales y viviendas, pero la lentitud administrativa, la falta de transparencia y la dispersión de apoyos dejaron a familias esperando años. Muchas soluciones llegaron en forma de techos provisionales o construcciones improvisadas que no resisten otro gran sismo.
Hay otra herida menos visible: el impacto emocional. El miedo a las réplicas, la pérdida de pertenencias y la ruptura del tejido social requieren políticas de salud mental y desarrollo comunitario. Programas orientados a la atención psicosocial y a la reconstrucción del tejido productivo han sido insuficientes en varios municipios del Istmo y la Costa.
¿Qué se necesita ahora? Tres prioridades claras: inversión sostenida en vivienda segura con supervisión técnica real; agilizar procesos de apoyo y transparencia en el uso de recursos públicos; y fortalecer redes locales de preparación, que incluyan educación, simulacros periódicos y apoyo psicosocial accesible.
Oaxaca ya mostró resiliencia: mercados que volvieron a abrir, escuelas que recuperaron su actividad y comunidades que reconstruyeron con esfuerzo propio. Pero la resiliencia no debe ser sinónimo de abandono institucional. Como periodista joven en la región, veo que la memoria colectiva puede transformarse en política pública si la sociedad exige rendición de cuentas, transparencia y participación.
En un país donde la tierra no se detiene, recordar el 7S no es un ejercicio nostálgico: es una obligación cívica para exigir mejor prevención, reconstrucción digna y redes de apoyo que no dejen a nadie atrás.
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