Reloj electoral en movimiento: prácticas, reformas y dudas que pueden cambiar 2024

Lo que está en juego va más allá de campañas: es la certeza sobre reglas, instituciones y la voz de la ciudadanía.

El debate público se ha tensado por decisiones y prácticas que, según especialistas, podrían alterar el curso de las elecciones del próximo año. En el centro están dirigentes y estructuras de Morena, cambios legales y señales institucionales que despiertan preocupación entre juristas, legisladores y votantes.

La Ley General de Instituciones y Procedimientos Electorales (LGIPE) fija plazos claros: el artículo 225 señala el inicio del proceso electoral en la tercera semana de noviembre anterior al año de la votación; el artículo 226 exige que los partidos definan 30 días antes del arranque del proceso cómo elegirán a sus candidatos; y el artículo 227 regula las actividades que constituyen actos de precampaña. La sanción prevista por incumplir esos tiempos es impedir el registro oficial de quien realice actividades fuera de plazo.

Sin embargo, en los últimos meses se han multiplicado los nombramientos de “coordinadores” que en la práctica ejercen labores de promoción política anticipada. De acuerdo con un profesor de la Facultad de Derecho de la UNAM consultado para este texto, esas designaciones funcionan como una vía para posicionar precandidatos y justificar licencias legislativas que les permitan hacer actividad proselitista antes de tiempo. Si la ley se aplicara estrictamente, advierte, muchos de esos aspirantes tendrían trabas para su registro.

Otro foco de controversia es la reforma que introduce la figura de anular elecciones por “intromisión extranjera”. Críticos y analistas jurídicos han señalado la falta de una definición operativa de ese concepto, lo que abre la puerta a interpretaciones discrecionales. En ese contexto, cobra relevancia el papel del Tribunal Electoral, cuyos recientes cambios en la estructura y en la duración de los cargos de sus magistrados han sido objeto de debate público. La preocupación es clara: si no hay reglas precisas, la nulidad por intromisión podría convertirse en un mecanismo para impugnar resultados adversos.

Estos movimientos se dan en un clima político en el que, además, aparecen casos sensibles como solicitudes de extradición vinculadas a personajes con cercanía regional al poder. La defensa vigorosa de algunos de ellos ha agregado combustible al discurso político y mediático, y aumenta la percepción de que la contienda de 2024 será excepcionalmente competitiva y disputada en lo jurídico y en lo político.

Para la ciudadanía esto tiene efectos concretos: pérdida de certeza sobre quién puede postularse, riesgo de litigios que revisen resultados en plena ola electoral, y desgaste de la confianza en instituciones encargadas de garantizar procesos limpios. La respuesta institucional puede inclinar la balanza: más claridad normativa, transparencia en decisiones del Tribunal Electoral y vigilancia ciudadana serían medidas para contener la incertidumbre.

La invitación para el electorado es doble. Primero, informarse: conocer los plazos que fija la LGIPE y observar si las prácticas de los partidos se ajustan a la ley. Segundo, participar: implicarse en observatorios ciudadanos, exigir rendición de cuentas y apoyar propuestas que refuercen la autonomía de órganos electorales y la definición precisa de figuras como la “intromisión extranjera”.

En la cancha política hay movimientos que parecen tácticos y reformas que prometen defensa soberana pero que, sin claridad, pueden generar efectos contrarios. El desafío público es asegurar que las reglas sean claras y aplicadas de manera imparcial, porque al final lo que está en juego es la posibilidad de que la voluntad popular se refleje sin sombras ni atajos.

Fuentes: Ley General de Instituciones y Procedimientos Electorales; análisis de un profesor de la Facultad de Derecho de la UNAM.

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