Rastro de impunidad: oaxaca registra un caso de tortura cada 72 horas

Datos oficiales y reportes locales hablan de 508 víctimas en lo que va del sexenio; el segundo año de la llamada Primavera Oaxaqueña concentra el mayor número de denuncias.

En promedio, una persona en Oaxaca sufre tortura cada 72 horas. Esa es la cifra que arrojan los conteos hechos a partir de expedientes y atención a víctimas por la Defensoría de los Derechos Humanos del Pueblo de Oaxaca (DDHPO) y documentada en reportes del diario El Imparcial de Oaxaca. Son 508 casos registrados en lo que va del actual sexenio, un saldo que familiares, organizaciones civiles y defensorías califican de alarmante.

Los relatos que acompañan esos números comparten patrones: detenciones sin órdenes claras, golpes, privación de agua o sueño, amenazas para forzar confesiones y, en varios casos, ausencia de acceso inmediato a asesoría legal. La DDHPO ha recibido quejas y emitido recomendaciones que, según activistas, no han sido suficientes para frenar la práctica.

“No es un dato abstracto, es la vida de personas y familias que quedan marcadas”, dice un defensor consultado que pidió anonimato por seguridad. “La tortura deja huellas físicas, pero sobre todo destruye la confianza en las instituciones”.

En México, la obligación de prevenir, investigar y sancionar la tortura está vinculada a estándares nacionales e internacionales. En Oaxaca, sin embargo, las voces de la sociedad civil y las recomendaciones de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) coinciden en señalar fallas estructurales: protocolos de actuación policiaca desactualizados o incumplidos, escasa capacitación especializada, controles internos débiles y procesos de reparación a víctimas lentos o inexistentes.

Las autoridades estatales han informado avances parciales en investigaciones y capacitación. No obstante, para las organizaciones locales y la propia Defensoría, los 508 casos y la concentración de denuncias en el segundo año del gobierno marcan una tendencia que demanda respuestas más claras y acciones inmediatas.

Entre las propuestas que plantean defensores y colectivos están:

– la implementación efectiva de protocoles de detención que garanticen el acceso inmediato a abogado y a atención médica independiente;

– la creación de mecanismos de supervisión ciudadana sobre cuerpos policiales;

– capacitación obligatoria y continua en derechos humanos para las fuerzas de seguridad;

– atención integral y reparación para las víctimas, incluyendo acompañamiento psicológico y medidas de no repetición.

Estas medidas no son meras reformas técnicas; implican reorganizar prioridades presupuestales y políticas públicas para que la prevención y la reparación sean tan visibles como cualquier estrategia de seguridad. La inversión en formación, en mecanismos de control y en servicios para víctimas es, dicen especialistas, la forma más eficaz de cortar el ciclo de violencia institucional.

Desde la sociedad, las organizaciones promueven también la denuncia y el acompañamiento legal como herramientas para romper el silencio. “Cuando una comunidad participa, supervisa y exige cuentas, cambia el equilibrio de poder”, apunta un activista local.

Este recuento no busca señalar sin pruebas, sino poner sobre la mesa un problema que tiene rostros y consecuencias concretas. Las cifras de la DDHPO y la documentación periodística de El Imparcial de Oaxaca piden una reacción decidida: investigaciones imparciales, sanciones cuando corresponda y políticas públicas orientadas a la prevención y la reparación.

Para las familias afectadas, las soluciones no son solo estadísticas: son garantías de que no habrá una próxima llamada que anuncie otra detención, ni otra madrugada de miedo. La responsabilidad es del Estado, pero también de la ciudadanía organizada que exige transparencia y justicia.

¿Qué puede hacer la gente? Exigir a sus autoridades locales informes claros sobre investigaciones, apoyar a organizaciones que brindan asesoría a víctimas y participar en foros comunitarios sobre seguridad y derechos humanos. La sumatoria de pequeñas presiones ciudadanas puede inclinar la balanza hacia políticas que protejan, no que violen, la dignidad de las personas.

Las cifras están ahí. Ahora toca a las autoridades, con la mirada de la sociedad encima, convertir datos en acciones que detengan este rastro de impunidad.

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