¿Podrá México llegar más allá? apuestas, nervios y la maldición del quinto partido

Falta cada vez menos para el Mundial 2026 y en las calles, los bares y las redes el ambiente ya suena distinto. No es un torneo más: México vuelve a ser anfitrión junto con Estados Unidos y Canadá, y esa condición eleva las expectativas tanto en la cancha como en las casas de apuestas.

En El Imparcial de Oaxaca conversamos con aficionados, analistas y economistas deportivos para entender qué pesa más: la historia, las estadísticas o el factor local. La mochila que todos mencionan tiene nombre propio: la llamada «maldición del quinto partido». Desde 1994 la selección mexicana no ha logrado avanzar a los cuartos de final de un Mundial, y cada ciclo vuelve la pregunta: ¿qué falta para romperla?

Los números explican parte del nervio. En torneos recientes México ha sido sólido en la fase de grupos y contundente en la región de Concacaf, pero tropieza cuando los rivales suben en calidad y la exigencia táctica se intensifica. Las casas de apuestas, que viven del pulso social antes de cada Mundial, han incrementado el volumen de apuestas en México: según operadores consultados, el interés crece cuando el país es sede y las cuotas reflejan una mezcla de optimismo por el local y cautela por la historia reciente.

El factor estadístico es útil pero no determinante. Ser anfitrión ofrece ventajas claras: menos viajes, estadio repleto, mejores condiciones de preparación. También añade presión mediática y expectativas económicas. En términos de formación, los especialistas que hablamos señalan que la clave no está solo en la convocatoria de figuras, sino en la continuidad de proyectos juveniles, en la mejora de torneos locales y en políticas públicas que impulsen el deporte desde la base.

Los testimonios recogidos en la Ciudad de México y Oaxaca muestran una mezcla de esperanza y exigencia. Aficionados como Mariana, profesora de secundaria, confían en que el equipo pueda por fin «pasar de página», pero piden que las autoridades deportivas inviertan en infraestructura y programas que lleguen a barrios y pueblos, no solo a clubes grandes. Esa mirada coincide con economistas que recuerdan que el verdadero legado será social si la organización del Mundial deja inversión en formación y empleo local.

Las medidas prácticas que surgen del diálogo con técnicos y analistas son claras: priorizar la salud mental de los jugadores para manejar la presión, reforzar el trabajo táctico frente a selecciones europeas y sudamericanas, y sostener programas de detección de talento en entornos vulnerables. Esas políticas requieren voluntad pública y privada, y una visión a largo plazo que vaya más allá del brillo del torneo.

En lo inmediato, la apuesta popular —en todos los sentidos— se centra en el trato que tenga México en el sorteo, la condición física de sus líderes en la cancha y la capacidad del cuerpo técnico para leer partidos decisivos. Romper la racha no será solo cuestión de suerte: será el resultado de decisiones tomadas hoy en canchas, escuelas y oficinas.

La mirada que proponemos desde El Imparcial de Oaxaca es realista y obligatoria: celebrar la oportunidad de ser sede, exigir compromiso en inversión social y deportivo, y acompañar con participación ciudadana para que el Mundial deje más que recuerdos. Si eso ocurre, la próxima vez que se hable del quinto partido quizá sea para recordar que dejó de ser una maldición y se convirtió en el punto de partida de un nuevo ciclo.

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