Palabras en el frente: el idioma entre poder y resistencia
Por: Juan Pérez
En una redacción cualquiera sostengo el idioma como quien examina un instrumento que puede abrir puertas o cerrar destinos. Lo pulo, lo mido, lo disparo. Sé que cada palabra será puente o bala: una elección cotidiana con consecuencias políticas y sociales.
En México más de siete millones de personas usan una lengua indígena en su vida diaria, según el Censo de Población y Vivienda 2020 del INEGI. A escala global, la Unesco advierte que cerca del 40 por ciento de las lenguas están en peligro. Esos datos dibujan un panorama donde el idioma no es solo comunicación: es patrimonio, desigualdad y, a veces, resistencia.
Las políticas públicas juegan un papel decisivo. La Secretaría de Educación Pública tiene programas de educación bilingüe e intercultural, pero maestros y comunidades denuncian falta de materiales, formación y presupuesto. El Instituto Nacional de Lenguas Indígenas, INALI, ha catalogado y promovido variantes lingüísticas, pero el camino entre el reconocimiento legal y su aplicación en aulas y medios sigue siendo largo.
En la esfera pública también se disputa cómo hablamos. La Real Academia Española entra en debates sobre cambios en el uso del género; activistas proponen formas inclusivas que buscan visibilizar a quienes han sido excluidos. En redes sociales las innovaciones lingüísticas se expanden rápido; en comunidades rurales, en cambio, la pérdida de hablantes y la migración ponen a las lenguas en riesgo. Esa tensión muestra que el idioma es, de hecho, trinchera: allí se redefine quién tiene voz y quién no.
«En mi escuela, cuando traigo cuentos en zapoteco, los niños se reconocen. Pero faltan libros y apoyo», cuenta María Hernández, maestra bilingüe en Oaxaca. Su experiencia resume el dilema: reconocer la diversidad no basta si no hay recursos para sostenerla.
Los medios de comunicación también tienen responsabilidad. Elegir términos marca agendas: nombrar adecuadamente una protesta, traducir los testimonios de una comunidad indígena o explicar en palabras claras una reforma educativa define si la audiencia comprende y se moviliza. Por eso proponemos prácticas concretas: capacitación en lenguas locales para periodistas, uso de fuentes institucionales como INEGI o INALI para contextualizar datos y trabajar con traductores y promotores culturales de las comunidades.
No se trata de un conservadurismo lingüístico ni de aceptar cambios sin criterio. Es necesario rigor: verificar, contextualizar y evitar simplificaciones que invisibilicen realidades. Al mismo tiempo, el lenguaje puede ser herramienta de emancipación. Programas comunitarios, acuerdos entre medios y escuelas, y políticas públicas con presupuesto etiquetado han mostrado avances en municipios donde se prioriza la educación bilingüe y la producción cultural en lenguas originarias.
El idioma, en suma, es un terreno de lucha y de esperanza. Desde una redacción podemos elegir cómo nombrar, a quién escuchar y qué amplificar. No es un gesto neutro: es una decisión que afecta el acceso a derechos, la memoria y la posibilidad de imaginar un país más justo.
Como periodista joven me comprometo a mirar el lenguaje con cuidado, a citar fuentes como INEGI, INALI y Unesco cuando permiten medir el fenómeno, y a acercar voces que a menudo quedan fuera. Lengua y poder van de la mano; usar bien las palabras puede transformar trincheras en puentes.
Contenido y material gráfico conforme a lo difundido por Agencia Oaxaca
