Diablos de La Raya: la memoria que se baila cada carnaval
Santa Cruz Xoxocotlán, Oax., 18 de feb.– En San Juan Bautista La Raya, el carnaval es mucho más que una fecha en el calendario: es una forma de contar la historia del pueblo con chicotes que repican, cucuruchos que brillan y máscaras que guardan nombres y apellidos. Así lo constatan vecinos y autoridades locales, que ven en esta celebración la columna vertebral de la identidad comunitaria.
“Mi abuelo me enseñó a coser el cucurucho; ahora lo hago con mis hijos”, dice María López, portadora del diseño tradicional, mientras muestra las lentejuelas que han pasado de mano en mano. Testimonios como el suyo y registros del Ayuntamiento de Santa Cruz Xoxocotlán confirman que la organización del carnaval recae en familias, mayordomías y comités vecinales, no solo en la logística del evento.
Investigadores y funcionarios consultados por este medio explican que la fiesta combina elementos católicos y rituales prehispánicos. El resultado es una práctica viva que transmite valores y memoria: la pertenencia a un barrio, la responsabilidad de las mayordomías y la transmisión intergeneracional de artesanías y música. El Instituto Nacional de Antropología e Historia, en trabajos sobre carnavales oaxaqueños, ha señalado la importancia de estos elementos para entender la diversidad cultural de la región.
Pero la continuidad enfrenta retos. La pandemia redujo la transmisión presencial y algunos jóvenes se alejan por trabajo o estudio. La falta de presupuesto para materiales tradicionales y talleres de formación complica que los oficios se mantengan. “No se trata solo de comprar un traje; es aprender por qué se hace así y qué significa”, apunta Alejandro Ramírez, miembro del comité cultural municipal.
Ante esto, el Ayuntamiento de Santa Cruz Xoxocotlán y organizaciones civiles han impulsado programas modestos de apoyo: talleres de elaboración de máscaras, espacios para jóvenes y un archivo comunitario que documenta rostros y músicas del carnaval. Estas iniciativas, reconocidas por el Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas en su labor de fomento cultural, muestran avances, aunque los promotores reconocen que hacen falta recursos sostenibles y políticas públicas con enfoque comunitario.
La experiencia de La Raya ofrece lecciones claras para otras localidades: la cultura se protege con políticas que combinen apoyo económico, formación práctica y reconocimiento institucional, pero sobre todo con la participación activa de la gente. Mantener vivas tradiciones como la de los diablos no es nostalgia; es inversión en tejido social y en derechos culturales.
Al final de la jornada, cuando el último chicote se guarda, no queda solo el baile: quedan compromisos. Los vecinos buscan pasar el relevo sin perder la esencia. Como recuerda don Esteban García, mayordomo de varias ediciones, “si no enseñamos a los niños, ¿quién contará nuestra historia mañana?”
Fuente: Ayuntamiento de Santa Cruz Xoxocotlán; Instituto Nacional de Antropología e Historia; entrevistas de campo realizadas por este diario.
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