Cuando oaxaca cambia de rostro: barrios que pierden memoria y hogares

La gentrificación turística en Oaxaca no llegó por accidente. Es, como escribe Misael Sánchez en «La gentrificación y el otro Oaxaca», el resultado de años de transformaciones urbanas que han puesto en el mismo mapa a hotelitos boutique, galerías y casas convertidas en Airbnb, mientras crece la presión sobre las familias que viven aquí desde siempre.

En el centro histórico y en colonias como Jalatlaco y la Alameda, vecinos cuentan que las calles ya no se parecen a las de hace diez años. «Antes conocía a todos los puestos de la esquina; ahora hay restaurantes y gente que solo viene a tomar fotos», dice una comerciante que prefirió no dar su nombre. Sus palabras ilustran un fenómeno que combina turismo, inversión privada y políticas públicas que no siempre protegen al residente permanente.

Los cambios son visibles: fachadas restauradas, inmuebles ofrecidos en plataformas de renta temporal, locales tradicionales cerrados y nuevos proyectos inmobiliarios que elevan el precio del suelo. Según datos del INEGI y reportes de la Secretaría de Turismo, el flujo de visitantes y la oferta de alojamientos han aumentado, pero ese aumento no se traduce automáticamente en bienestar para quienes dependen de la vivienda asequible y de economías locales no orientadas al turismo.

La gentrificación altera la vida cotidiana. Familias que pagaban rentas accesibles enfrentan incrementos abruptos; comercios de abarrotes y talleres artesanales desaparecen porque los nuevos negocios prefieren modelos de consumo distintos. Las fiestas y tradiciones que antes formaban la trama social de los barrios se ven tensionadas por reglamentos y por la expectativa turística, que a veces convierte rituales en espectáculo.

No todo es pérdida. Hay iniciativas comunitarias que resisten: cooperativas de vivienda, mercados alternativos y colectivos culturales que trabajan para mantener la diversidad socioeconómica. Organizaciones civiles y académicos, entre ellos quienes han estudiado el fenómeno como Misael Sánchez, proponen medidas concretas como límites a la zonificación para hospedaje turístico, registro y fiscalización de rentas temporales, programas de vivienda social en rehabilitaciones y fondos para la preservación de comercios tradicionales.

El reto para las autoridades locales y federales es equilibrar la llegada de inversión y turistas con políticas que cuiden el derecho a la ciudad de sus habitantes. Eso implica escuchar a las comunidades, transparentar proyectos de desarrollo urbano y diseñar soluciones que prioricen vivienda asequible y empleo digno, no solo la renta del suelo.

La gentrificación no es una cuestión estética: redefine quién puede vivir en Oaxaca y qué significa vivir aquí. Como periodistas y ciudadanos, tenemos la responsabilidad de contar esas historias y exigir políticas que no reduzcan barrios a escaparates. Si la memoria y las redes vecinales desaparecen, se pierde también una parte esencial de lo que hace a Oaxaca único.

Por un periodista oaxaqueño comprometido con su ciudad

Contenido y material gráfico conforme a lo difundido por Agencia Oaxaca