Cuando la despensa pesa: Oaxaca y el alto costo de alimentarse
El alza de los alimentos supera la inflación general; la pobreza y la informalidad hacen que en Oaxaca cada peso alcance menos.
En la Central de Abasto y en los mercados municipales de Oaxaca se nota en el gesto de la gente: la lista de la compra se ha encogido, la tortilla se raciona y la fruta fresca queda para ocasiones especiales. El fenómeno no es solo local, pero aquí se siente más. Datos de INEGI y Banco de México muestran que en los últimos años el incremento de los precios de los alimentos ha superado la inflación general, y para comunidades ya marcadas por la pobreza la diferencia se traduce en platos vacíos.
Oaxaca figura entre las entidades con mayores niveles de privación y empleo informal, según CONEVAL e INEGI. Eso significa que muchas familias no tienen salarios estables ni acceso a redes de protección social formales. Para ellas, cuando sube el precio del maíz, el frijol o la carne, las alternativas son reducir cantidad, bajar calidad o endeudarse con el tianguis, la vecina o el comercio informal.
La lógica es simple y dolorosa: cuando el ingreso es inestable, el aumento de un producto básico obliga a recortar en lo demás, desde medicamentos hasta transporte escolar. Familias que antes compraban frutas y verduras ahora optan por productos más baratos y menos nutritivos; la salud y la economía van de la mano, y la cuenta la pagan sobre todo mujeres y niños.
En comunidades rurales la crisis alimentaria tiene otras caras. El encarecimiento del transporte y la falta de infraestructura elevan el costo final de los productos. Agricultores locales enfrentan precios bajos por sus cosechas en la plaza y altos costos para insumos, lo que reduce incentivos para producir alimentos frescos que podrían mejorar la dieta comunitaria.
Organizaciones internacionales como la FAO advierten que la inseguridad alimentaria no es solo falta de comida sino también incapacidad de acceder a ella de forma nutritiva y estable. A nivel nacional, programas como Diconsa y Liconsa existen para amortiguar los efectos, pero en el terreno persisten vacíos en cobertura y en la calidad de los apoyos, según testimonios recabados por El Imparcial de Oaxaca.
Doña María, vendedora ambulante en el mercado de la ciudad de Oaxaca, resume la situación: “Antes alcanzaba para comprarle mango a mis nietos, ahora veo y pienso si hoy no compro otra cosa”. Historias como la suya muestran que las cifras necesitan traducirse en políticas con rostro humano.
¿Qué se puede hacer? Desde el corto plazo, fortalecer redes de abasto público con precios regulados en zonas más vulnerables, ampliar la cobertura de programas de transferencias condicionadas y mejorar la logística para reducir costos en el transporte de alimentos. A mediano y largo plazo, es urgente impulsar mercados locales, apoyar a pequeños productores con acceso real a crédito y capacitación, y formalizar empleos para que los ingresos sean más estables.
El reto es político y comunitario. Requiere medidas claras del gobierno, rendición de cuentas y la participación de la sociedad civil. Si comer duele más en Oaxaca es porque la desigualdad y la fragilidad de las economías locales hacen que cada aumento de precio reverbere con más fuerza. Reconocerlo es el primer paso para buscar soluciones que no sólo atenúen el dolor, sino que transformen las condiciones que lo generan.
Fuentes: INEGI, Banco de México, CONEVAL, FAO y reportes locales recopilados por El Imparcial de Oaxaca.
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