Juego de pelota, teatro de poder en Mesoamérica, dice Robert Markens

Por un joven periodista

En entrevista con Quadratín, el investigador Robert Markens insiste: no podemos ver el juego de pelota mesoamericano como un simple deporte. Para Markens, y para buena parte de la evidencia arqueológica y etnográfica, las canchas y sus rituales fueron espacios donde se jugaba la política, se dirimían órdenes sociales y se exhibía poder.

La imagen popular del juego —hombres corriendo, golpeando una pelota de hule con caderas o manos— es real, pero incompleta. Desde las grandes plazas de Chichén Itzá y Xochicalco hasta los relieves de Copán y Monte Albán, las representaciones muestran escenas que mezclan lo deportivo con lo sagrado y lo político. En el Popol Vuh, los gemelos héroes descienden al inframundo a jugar; en los jeroglíficos y esculturas aparecen élites, guerreros y prisioneros. Esa combinación sugiere que el partido podía ser una metáfora de conflicto entre ciudades, una ceremonia de legitimación del poder o un medio para resolver tensiones sin recurrir a la guerra abierta.

La discusión entre especialistas no es trivial. Algunos estudiosos sostienen que hubo sacrificios vinculados al juego; otros apuntan a victorias rituales más complejas, donde el resultado reforzaba alianzas o humillaba adversarios. Lo cierto es que las canchas eran espacios visibles y comunes: lugares donde la población observaba, donde la élite se exhibía y donde las decisiones simbólicas tenían efectos reales en la vida cotidiana.

Este enfoque importa hoy. Pensar al juego de pelota como «guerra ritual» ayuda a entender por qué las autoridades antiguas invertían en grandes obras públicas, por qué los vecinos acudían a presenciar partidos y por qué esos espacios se convirtieron en centros de control social. También plantea retos contemporáneos: la conservación de sitios arqueológicos, la investigación independiente y la participación de comunidades indígenas que mantienen tradiciones relacionadas con el ulama.

En México existen ejemplos vivos de esa continuidad. En el norte del país, colectivos y comunidades reviven el ulama, una práctica que combina deporte, ritual y memoria histórica. Proteger esa práctica no es solo cuestión de turismo o academia; es política cultural: requiere recursos, inclusión en programas educativos y el reconocimiento del papel activo de las comunidades como custodias de su patrimonio.

Desde la perspectiva ciudadana, hay obligaciones concretas. Las autoridades deben garantizar que la investigación arqueológica sea transparente y que las inversiones en preservación y difusión prioricen el bienestar comunitario. Las universidades y museos pueden abrir espacios de diálogo para que las interpretaciones no queden en manos exclusivas de especialistas, y para que jóvenes y docentes incorporen estas narrativas en la formación cívica.

Markens, citado por Quadratín, nos recuerda algo elemental: las prácticas del pasado hablan del presente. Cuando entendemos el juego de pelota como un escenario de poder, conectamos la memoria histórica con políticas públicas que promuevan cultura, justicia y participación. No se trata de romantizar el pasado, sino de rescatar lecciones para construir espacios públicos donde la palabra, la ritualidad y el consenso pesen más que la imposición.

Para avanzar hace falta combinar investigación rigurosa, inversión pública y reconocimiento de las comunidades. Así, las canchas de piedra volverán a ser, además de vestigios, herramientas para pensar la democracia y la convivencia en el México de hoy.

Contenido y material gráfico conforme a lo difundido por Oaxaca Quadratin